Ni la zanahoria ni el garrote. O por qué Wallace está perdiendo la batalla.

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Escribe Claudio Letelier Andrade

¿Cuánto duraban las batallas en la era medieval? ¿una tarde? ¿un día? ¿un par de días? ¿varios días? ¿cuánto dura el efecto de un buen grito de guerra?

Una buena arenga dirigida al corazón dejaba a los soldados medievales hambrientos de honor y dispuestos a morir en la batalla. Una buena arenga en el camarín deja a los jugadores hambrientos de triunfo. Una buena arenga en una convención de empresa, esas que terminan con el clásico video reversionado de la famosa escena de Wallace motivando a su tropa (googlear: Wallace video motivacional), cómo no, también deja al personal entero entusiasmado, desde gerentes hasta colaboradores rasos. Todos salen con el espíritu en alto, sedientos de esa gloria por llegar a esa meta cada vez más desafiante, listos para comerse el mundo. Pero, al igual que la arenga antes de un partido de fútbol, su efecto está asegurado solo por algunas horas. Como cuando éramos niños y fuimos al cine a ver Rocky y salimos tirando puñetazos. O haciendo la cobra de Karate Kid. Igual, algunas horas. Un día máximo.

Entusiasmo vs. convicción.

El entusiasmo es contagioso como la risa. Es exaltación, excitación. Pero de la misma forma que el agua caliente, se va enfriando si no se mantiene expuesto a una fuente de calor. Incluso a veces puede enfriarse abruptamente: una palabra inadecuada del jefe y los brazos pesan el triple y las metas parecen inalcanzables.

Una actividad motivacional en una empresa puede ser muy útil de verdad; pero si te obliga a estar todos los días en la tarea de entusiasmar, todos los días “animando”, ojalá con regalos o con bonos, entonces no es la tecla más eficiente. Y es que el entusiasmo no es lo mismo que la convicción.

Gallup, en su reciente State of the Global Workplace, muestra que el 85% de los trabajadores en el mundo están descomprometidos con sus trabajos. El 85% no le ve sentido a lo que hace. ¡85 por ciento! Con la consiguiente falta de productividad del tamaño de unas buenas convenciones que harían falta para tratar el tema. Mucho se habla de que Chile tenemos problemas de productividad, de que trabajamos muchas horas pero producimos poco. Y poco también, o casi nada, se habla del sentido que le damos a nuestros trabajos.

Un asunto de sentido.

Vivimos un momento en que las empresas están desafiadas a representar mucho más en la sociedad. Mucho más que la búsqueda de la rentabilidad para sus accionistas, mucho más que sus propias metas de venta. Hoy las empresas deben tener un rol que las personas validen y ojalá admiren. Y esto es válido no solo para esa ciudadanía desconfiada y empoderada a la que hay que “ganarse” allá afuera; esto es sobre todo necesario para ese ejército de personas que necesitan darle un sentido a lo que hacen allí adentro de las empresas. Hacer feliz a los accionistas ya no es una razón de peso. Cuidar la pega ya no es una razón de peso. El sentido que tiene esa pega sí lo es. Si un jugador de fútbol es capaz de desmoralizarse en un partido complicado, incluso defendiendo a su propio país ¿cómo será para un vendedor, para un supervisor, para un ejecutivo, para alguien que debe realizar una labor creativa, tener que luchar por los colores de una empresa que puede que mañana no sea la suya?

Ni zanahoria ni garrote.

Cuando el rol de una empresa está claro y es verdadero y es sentido por todos, independiente de que tengan una misión escrita en la web de la empresa, no solo consigues relevancia entre las personas allá afuera, lo primero que consigues es motivar a los de adentro, generar convicción desde el interior. Es esa convicción, la que transformada en pasión por lo que se hace, permite ser creativos, generar los cambios, las ideas, las innovaciones.

No les quiero dar una idea macabra; pero por alguna razón a esa empresa en que te mueres por entrar le perdonas que no te paguen tanto; pero en esa que no te hace tanta gracia estar, te tienen que convencer con plata, o con estímulos externos, para decirlo de manera correcta.

Por más que pretendamos, el árbol no crece si solo le regamos las hojas. Puede lucir sano por un rato, pero con seguridad eso no lo hará crecer, incluso lo puede secar. Lo que mantiene la salud del árbol, como a las personas, es alimentarse desde el interior. Allí viven las convicciones. Si algo de verdad es valioso para nosotros, nos moverá, nos movilizará.  Si significa algo para nosotros, si está lleno de sentido, estaremos dispuestos a dar la pelea hasta el final, a morir en la batalla. Si no significa algo de verdad, algo que me movilice desde adentro, no hay palmadita del jefe, ni fines de semana en la playa, ni arenga de Wallace que convenzan.

 

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Foto: Pixabay

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