¿Te has preguntado a quién escuchas?

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Escribe Fernando González F.

Había viajado para dar unas charlas a una Asociación de Empresarios y otros Organismos Gubernamentales de un país en latinoamérica, era primera vez que me encontraba en esa capital, me pareció un lugar muy atractivo, seguro en general, aunque había escuchado un par de historias sórdidas sobre turistas asaltados.

El calor, la ansiedad y la falta de sueño me llevaron salir del hotel y dar una vuelta durante la noche, así aprovecharía de caminar y conocer y bajar el estrés. Pensé en ese momento: he estado en tantas partes ¿qué podría pasar?, es como cuando te encargan un trabajo que ya has hecho varias veces y sabes que la situación está relativamente controlada.

Al dejar el hotel, sentí un poco de temor sin embargo tuve la sensación, por un minuto, de invulnerabilidad y de empoderamiento, tanto así que comencé a alejarme más de lo prudente, estaba disfrutando el paseo, iba pensando lo que presentaría al día siguiente y conversaba conmigo mismo, mientras caminaba y me internaba por recovecos de esa entretenida ciudad. Estaba tan ensimismado que dejé de ver el contexto, la perspectiva del entorno a tal punto que en un minuto, reconozco, que me perdí, nada raro para alguien que está experimentando por primera vez en un nuevo lugar.

Pedir ayuda cuando te sientes perdido.

No puedo dejar de relacionarlo con lo que pasa en la empresa, cuántas veces creemos que vamos por un camino seguro, controlado y de pronto cambian las condiciones del mercado y debes tomar decisiones en la incertidumbre, bueno algo así me pasó, cuando salí era una ciudad y de pronto, en medio de la oscuridad el escenario cambio, otras personas, otro ambiente, otras condiciones en la misma ciudad.

En ese instante, luego de un par de horas caminando, conociendo y perdiéndome en esa ciudad, tomé conciencia de mi extravío y para no seguir dando vueltas en círculo decidí pedir ayuda y preguntar dónde quedaba mi hotel.

Fue interesante darme cuenta cómo comenzó a funcionar mi cabeza: ¿A quién le consulto?, me pregunté. 

  • ¿a una mujer? mejor no pues se puede ver intimidada por un hombre a estas horas de la noche.
  • ¿a un par de adolescentes?, quizás me harán una broma y me darán un rumbo equivocado, sólo por travesuras de adolescentes.
  • ¿a unos hombres y mujeres que estaban en una plaza entregando volantes de locales nocturnos?, no, pueden estar coludidos con alguien.
  • ¿a un taxista?, me dio “mala espina”.

Todos mis supuestos comenzaron a funcionar ¿A quién?, ¿A quién le creía?, ¿Quién me daba confianza?, creía saber el camino, pero cada vez estaba más perdido.

¿Cuántas veces nos pasa eso en la organización y seguimos buscando soluciones que son iguales a la anterior?. Nuestros supuestos nos limitan a tomar buenas decisiones, sobretodo cuando debemos innovar, estamos desorientados y nos condicionamos a escuchar lo que queremos escuchar y a creer lo que queremos creer, eso hace que tomemos las mismas decisiones para problemas nuevos.

¿En quién podemos confiar?

Estaba haciéndome esa pregunta cuando se acercaron intespectivamente dos sujetos y me entregaron unos volantes para restaurantes y locales nocturnos, no les entendí nada, hablaban con muchos modismos.

Aún así, después de recibir unos flyer les pregunté sobre cómo llegar a mi hotel, estaba muy atento, noté que se miraron, sonrieron y luego me indicaron por donde, mi mente funcionaba a mil por hora, quedé con la duda y aún, no se por qué, no les creí, desconfié, no los validé y pero seguí caminando en la oscuridad por las calles que me habían indicado.

Al rato me di cuenta que cada vez transitaban menos personas, mi tensión llegaba a niveles insostenibles, no porque pasara nada malo, sino porque mis supuestos me transportaban a lugares imaginarios extremadamente inseguros, la incertidumbre me generaba miedo, sentía que mi seguridad personal estaba en riesgo, no tenía claro si seguir o regresar, dudaba si la decisión que había tomado había sido correcta, me paralicé, era una situación completamente nueva y no tenía certezas, debía tomar decisiones en la oscuridad, me encontraba sólo y los apoyos que podía encontrar en el camino no los conocía, no sabía si serían un aporte real al problema, mi sesgo cada vez era más rígido respecto a escuchar y validar a los diferentes potenciales interlocutores.

La presión se acumula y acaba pasando la cuenta en los momentos críticos provocando una desaceleración psicológica, era relevante concentrarme en lo que estaba en mi ámbito de acción y no de preocupación.

En un momento tuve la suerte de encontrarme con una pareja de norteamericanos y aunque pensé en preguntarles por el camino al hotel, no lo hice pues me contesté interiormente: qué van a saber estos “gringos” donde está mi hotel, si son extranjeros igual que yo, así es que cuando nos cruzarnos nos miramos, hubo un saludo breve y cada cual continuo por su opuesto camino.

El lugar yo lo veía cada vez más inhóspito y solitario, mis supuestos hacían su trabajo y me condicionaban cada vez más, estaba en eso cuando apareció otra pareja, bastante parecida a mí físicamente, tanto en altura como en vestimenta, así es que no dudé en preguntarles sobre como podía salir de ahí, a una calle principal.

Efectivamente acerté, eran chilenos como yo, así es que entre preguntas tales como de que parte de Chile eres, Santiago, wena y de que comuna, ah yo también, y más de un weón salpicaba en la conversación que provocaron risas y más de un “pelambre” al país donde estábamos, finalmente me dijeron que también estaban conociendo la ciudad y de alguna manera me dieron pistas donde estaba una calle principal, sin embargo me advirtieron que no conocían bien la ciudad.

Seguí su consejo, me devolví y caminé un buen rato hasta que llegué a la avenida principal y logré regresar al hotel sin ningún problema ya muy avanzada la noche, el esfuerzo me ayudó a dormir rápidamente y levantarme con pocas horas de sueño.

Las conclusiones: la vida y las organizaciones

Al día siguiente mientras desayunaba me doy cuenta que ingresa una pareja de norteamericanos a tomar desayuno, nos saludamos, eran los mismos de la noche anterior, aprovechamos de conversar, me contaron que venían por años al mismo hotel, pues tenían inversiones en el país y tenían un restaurant favorito al cual les encantaba ir en las noches para lo cual tenían una ruta que les ahorraba mucho tiempo y camino, en resumen en vez de irse por la avenida principal, se iban por las calles interiores porque la ruta era bastante más directa.

Esas calles eran donde anduve caminando la noche anterior, el camino indicado por los dos individuos que se miraron y se rieron, donde nos habíamos cruzado con los gringos”. Desde ahí me devolví y caminé mas del doble por confiar en unos compatriotas que, como yo, era primera vez que estaban en esa capital, me había salido del camino correcto.

¿Por qué no les creí a las personas del mismo país? ¿Qué nos hace confiar más en unas personas que en otras? ¿Cuánto de esto nos pasa en las organizaciones y en otros ámbitos de nuestras vidas? ¿Por qué cuando busco soluciones a problemas nuevos insisto en soluciones viejas?

Después de lo vivido me queda más claro que escuchamos lo que queremos escuchar y confiamos en quién tensiona menos nuestros supuestos, es quizás por eso que producir un cambio de fondo, innovar, se convierte en un gran desafío personal y organizacional.

 

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Foto: Pixabay

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