Google no es Dios. Aprendiendo a buscar.

Tiempo de lectura: 8 minutos

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Escribe Javier Martínez A., Gerente de Gestión del Conocimiento de Catenaria

Que podemos esperar de Google como buscador y un esbozo de lo que debemos pedirle, entendiendo sus limitaciones, son parte de las ideas que desarrolla este artículo.

En cierta ocasión, mientras preparaba un taller sobre Gestión del Conocimiento, acudí a Google para averiguar el precio de un ejemplar del diario El País. Como hace varios años que no vivo en España (desde la época en que murió nuestra querida Peseta y nació el todopoderoso Euro), he perdido la noción del precio y siendo ya casi de madrugada, tampoco tenía a quien acudir para preguntárselo.

Google no fue capaz de darme una respuesta tan simple como esa, entre otras cosas porque no fue capaz de entender lo que yo le estaba preguntando aunque cualquier niño español lo hubiese hecho sin ningún esfuerzo. Google ni siquiera pudo distinguir si cuando le preguntaba por El País, me refería a un periódico o a una nación. Nunca supo si los resultados que me presentaba me resultaron útiles ni pudo aprender de ello porque he vuelto a hacer la búsqueda hoy mismo obteniendo idéntico resultado. Obviamente Google no sabe leer y por eso no comprende nada de lo qué me está entregando. El verdadero problema es que Google no es inteligente. Si lo fuese, actuaría como lo hacen las personas.

El mérito y el éxito de Google son indiscutibles. En 1998, la empresa no existía y hoy tiene 15.000 empleados, es ejemplo de organización innovadora, aclamada como una de las marcas más reconocidas y por encima de todo, considerada la mejor empresa para trabajar en el mundo. Incluso en el año 2006 se acuñó un nuevo verbo, To Google, en el diccionario inglés. Su buscador ha sido proclamado como una obra maestra y su objetivo resulta loable “organizar la información del mundo y hacerla universalmente accesible y útil”. Sin dudar que esta intención tiene una utilidad innegable, la pregunta que hay que hacerse es ¿Realmente las personas necesitamos todavía más información?.

Obviamente Google no sabe leer y por eso no comprende nada de lo qué me está entregando. El verdadero problema es que Google no es inteligente. Si lo fuese, actuaría como lo hacen las personas.

Permanentemente escuchamos “Si necesitas saber algo, búscalo en Google”. Es frecuente que muchas personas relacionadas no solo con el mundo de la educación o de la formación corporativa sino de los negocios en general, hablen de Google como una importantísima herramienta para aprender “Cualquier pregunta que tengas, Google tendrá una respuesta para ti”. Pero, ¿es así? ¿acaso Google es Dios?

La base de la inteligencia por tanto es la habilidad de hacer predicciones sobre el futuro y la base del aprendizaje es que esas predicciones fallen. El cerebro no inventa respuestas sino que recupera respuestas de la memoria que ya estaban almacenadas hace tiempo y las usa para producir comportamiento y solucionar problemas.

En el mundo en que vivimos, no importa lo que sabes, importa lo que haces con lo que sabes. El sistema educativo sigue insistiendo (al igual que casi toda la sociedad) en que aprender consiste en acumular información lo que equivale a ser culto y por tanto inteligente. La vida te demuestra que eres lo que eres capaz de hacer, es decir, lo que has aprendido a lo largo de tu vida, poco de lo cual se lo debemos a la educación formal. Para nuestra desgracia, la forma cómo Google organiza y entrega información no se parece nada a cómo lo hace nuestro cerebro por que, insisto, mi hijo de 2 años, sin apenas esforzarse, es más inteligente que Google y esto tiene 2 consecuencias cruciales.

1. Nos ayuda a reflexionar sobre qué significa ser inteligente.

La definición con la que más me identifico la encontré hace algunos años cuando, interesado sobre cómo funciona el cerebro, leí un magnifico libro llamado On Intelligence. La tesis que sostiene su autor, Jeff Hawkins (fundador de Palm) es que el cerebro de cada persona usa la memoria para crear un modelo del mundo “grabando” todas las experiencias que tenemos.

Todo lo que sabes y has aprendido está almacenado en este modelo. El cerebro usa ese modelo basado en la memoria para hacer predicciones continuas de eventos futuros, de lo que espera que experimentemos antes de que lo experimentemos, es decir, de lo que va a ocurrir. La función primordial del cerebro es Predecir. La base de la inteligencia por tanto es la habilidad de hacer predicciones sobre el futuro y la base del aprendizaje es que esas predicciones fallen. El cerebro no inventa respuestas sino que recupera respuestas de la memoria que ya estaban almacenadas hace tiempo y las usa para producir comportamiento y solucionar problemas. Los más de 30 billones de neuronas contienen tu conocimiento, tus habilidades y experiencias, de hecho es tu neocortex el que está leyendo estas líneas. Tú eres tu cerebro. En las sinapsis se almacenan millones de memorias esperando la llamada apropiada, esperando ser invocadas. Cuando las predicciones se cumplen, significa que entendemos y nuestra sensación es que todo ocurre normalmente. Cuando no se cumplen, no entendemos lo que nos obliga a prestar atención y empezar a preguntar.

En varias columnas hemos abordado precisamente esta misma línea de pensamiento que defiende Roger Schank cuando sostiene que para aprender, tienen que fracasar tus expectativas (expectation failure) de lo que va a ocurrir, es decir, tus predicciones no se cumplen y es en ese momento, cuando quieres explicarte el por qué cuando estás dispuesto a aprender. Las personas (al contrario de lo que opina el sistema educativo) NO acumulamos datos sino casos, sobre todo nuestros propios casos. Tener casos conduce a tener expectativas sobre cómo ocurrirán las cosas (cada mañana, espero que salga el sol y amanezca). Somos un conjunto de expectativas que cuando NO se cumplen (no amanece y por tanto se produce un error en la predicción), desencadena un proceso imparable de preguntas para entender y aprender. Esto significa que el aprendizaje surge de la confusión, lo que para mucha gente resulta difícil de aceptar.

2. Las personas no estamos diseñadas para buscar información y cuando lo hacemos, no somos muy hábiles en dicha tarea.

Sin embargo, todo el mundo parece extasiado con la capacidad de la web para proveernos de información. No sólo eso, las organizaciones invierten enormes sumas de dinero en sistemas de gestión del conocimiento donde cualquier empleado podrá encontrar toda la información que necesite para su trabajo. De nuevo volvemos a encontrarnos de bruces con la creencia de que lo que necesitan los profesionales para ser más productivos, es más información.

Google no sabe lo que estás buscando ni para qué y por tanto te arroja miles de entradas donde la pertinencia es aleatoria y donde debes empezar a bucear en cada una de ellas para verificar si responden a lo que estás buscando. Es esencial la manera en que almacenamos esas experiencias y como accedemos a ellas. Por si fuera poco, el conocimiento es dependiente del contexto ¿Qué sabe Google de mi contexto?

Expertos en el área de las Neurociencias indican que nuestro cerebro sigue siendo un órgano básicamente diseñado para sobrevivir. Esto significa que durante miles de años su función fue prestar atención a los estímulos y señales del entorno para poder actuar en consecuencia. Somos animales cuya atención sigue estando regida por lo emocional. Registramos estímulos (casi siempre inconscientemente) y todo lo que apela a centros emocionales tiene prioridad: Huir, luchar, alimentarse, procrear, etc. Esa es la razón por la que las historias funcionan mejor que las teorías, por la que es más sencillo entender una película que un discurso político, por la que aprendemos naturalmente de nuestras experiencias y no de datos y conceptos abstractos.

Si los que leemos este artículo existimos es porque antes que nosotros, muchos seres humanos aprendieron lo necesario para la supervivencia sin siquiera saber leer ni sin que el aula, los cursos o los profesores estuviesen inventados. Los que no fueron capaces de aprender, desaparecieron. De nuevo, aparece el Aprender como la habilidad clave. La supervivencia dependía del conocimiento que transferían los que sabían (los ancianos de la tribu) y la capacidad de aprender de los que se incorporaban (apenas adolescentes). Durante mucho tiempo, los cambios fueron lentos y la cantidad de estímulos limitada. En los últimos siglos, sin embargo esta tendencia ha cambiado velozmente. No olvidemos que la lectura y la escritura tienen apenas pocos siglos en la historia del hombre. La cantidad de información que recibimos a diario es descomunal, sigue creciendo de forma geométrica y por si fuese poco, tenemos siempre la sensación de que nunca es la suficiente. ¿Cuántos mails recibes cada día? ¿Cuántos abres? ¿Cuántos lees? ¿Cuántos contestas? ¿Cuántos guardas? ¿Qué haces con los que guardas? Con otro tipo de documentos pasa exactamente lo mismo. Estamos desbordados, nuestro cerebro no está preparado para absorber tanta información y su forma de defenderse es obvia: se estresa y la demostración palpable la vemos cada día en el trabajo y sus repercusiones sobre la vida familiar.

Lo que realmente ocurre es que nuestro cerebro es un sistema especializado en reconocer problemas y proveernos soluciones. ¿No es esto lo que necesitan las empresas? Cuando necesitamos algo, nuestro cerebro es el que nos trae la información sin que la pidamos. Y esto es así porque esa información ya se encuentra en nuestra cabeza. De hecho, y aunque no nos demos cuenta, cada vez que hacemos algo, cualquier cosa, desde hacernos el desayuno por la mañana hasta lavarnos los dientes antes de dormir, no hacemos otra cosa que gestionar nuestro conocimiento: el cerebro nos entrega continuamente aquellas experiencias almacenadas en la memoria para entender lo que está ocurriendo. Lo maravilloso es que siempre nos llega la información que necesitamos y no cualquier otra Y nos llega justo en el momento que la necesitamos y sin que la tengamos que ir a buscar. La búsqueda que hace Google no se parece en nada porque Google no sabe lo que estás buscando ni para qué y por tanto te arroja miles de entradas donde la pertinencia es aleatoria y donde debes empezar a bucear en cada una de ellas para verificar si responden a lo que estás buscando. Es esencial la manera en que almacenamos esas experiencias (lo que abordaremos en otra columna) y como accedemos a ellas. Por si fuera poco, el conocimiento es dependiente del contexto ¿Qué sabe Google de mi contexto? Para aprender, dependemos de lo que ya sabemos.

Quienes trabajan ya sobre la Web 3.0 se preguntan si seguiremos buscando información o lo harán las máquinas por nosotros. Para que esto sea así, un computador (que hoy no se parece mucho a un cerebro) necesita ser inteligente y copiar la forma en que operan las personas … Estas distinciones son cruciales ya que según lo que creamos que significa ser inteligente y cómo aprende la gente, diseñaremos la correspondiente oferta de recursos y herramientas para ayudarles a hacer mejor su trabajo y obtendremos o no determinados resultados.

En varias ocasiones, algunos lectores que me han comentado que mis artículos del newsletter son demasiado largos. Es verdad y mi respuesta es siempre la misma: Vivimos sometidos a la tiranía de la instantaneidad, a la dictadura de la velocidad. Nunca tenemos tiempo, todo es para mañana mismo, cada vez más buscamos simplificarlo todo (cursos más cortos, libros más escuetos, dietas más inmediatas…). Y ocurre que hay ámbitos donde los atajos no funcionan y uno de ellos es en lo relacionado con el conocimiento, el aprendizaje y la inteligencia. Lo que te ha costado 30 años de tu vida aprenderlo no se puede aprender en 2, ni en 5 ni en 10. Google, un libro o un sistema de buenas prácticas son una pérdida de tiempo si no los llevas a la práctica. No basta con leer o escuchar, de hecho, nada funciona mientras no lo practicas.

Es indiscutible que la variable tiempo es la clave en los negocios de hoy. Te pagan por tu tiempo y aunque se trate de un bien escaso (el tiempo es oro) está uniformemente repartido porque todos tenemos la misma cantidad para gastar. Ya no importa donde estés, importa que estés (aunque sea virtualmente) cuando ocurran las cosas. Las organizaciones e incluso las personas, trabajan con información en tiempo real para tomar decisiones en tiempo real, es decir, se gestionan en tiempo real. Para ello, es imprescindible que el aprendizaje ocurra en Tiempo Real. Pero para aprender de verdad, hay que tomarse tiempo, hay que equivocarse mucho pero sobre todo, y perdonen mi obsesión, hay que practicar repetidamente (no aprendo hasta que no hago algo con lo que me entregue Google, pero no antes). La herramienta cerebral que permite que se formen esas sinapsis (sustento de nuestras predicciones), es la práctica repetida, reiterada, continua. Aprender es enemigo de las prisas, de la cultura Light. Si no estamos dispuestos a tomarnos ese tiempo, entonces es que no estamos dispuestos a hacer las cosas con cariño, con pasión y como decía un antológico refrán español (Vísteme despacio que tengo prisa) con sabiduría. Google puede ser un primer paso en un proceso de aprendizaje, nunca el último. ¿Te sirvió Google cuando aprendiste a andar en bicicleta? ¿Qué crees que hace tú cerebro cuando pedaleas sobre tu bicicleta?

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One comment

  • Muy buen artículo, me he quedado con ganas de que el autor intentará predecir hacia donde vamos, pero sin duda un articulo genial. Gracias Javier

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